martes, 24 de marzo de 2009

Osvaldo Bayer

ANTE LA TUMBA DE ELISABETH KÄSEMANN (Fragmentos)
"... tanta flor; tanto sueño, tanta esperanza, han muerto".
Ernst Bloch

En un diario de Tübingen, la idílica ciudad universitaria a orillas del Neckar, en la Suabia alemana, apareció el 17 de junio de 1977, el siguiente aviso orlado de franjas de luto: “Tübingen, 16 de junio de 1977, calle Eduard Haber Nº 12. En la jornada de hoy hemos dado sepultura a nuestra hija Elisabeth en el cementerio de Lustanau. El 24 de Mayo de este año fue asesinada en Buenos Aires por cuerpos de la dictadura militar argentina. Dio su vida por la libertad y por más justicia en un país amado por ella. Unidos firmemente a sus sueños, soportamos nuestro dolor con la ayuda de Cristo y no olvidamos la bondad y alegría que ella nos proporcionó en vida. A todos aquellos que piensan en su sufrimiento y en el nuestro, les agradecemos íntimamente. Margrit y Ernst Käsemann.”
Elisabeth Käsemann era socióloga, recibida en la Universidad de Berlín. En 1969 se trasladó a América latina donde trabajó como asistente social. En la Argentina realizó su labor en villas miseria y en establecimientos fabriles.
[…] “No quisiera dejarle la última palabra a los verdugos y militares”, escribió Ernst Käsemann en un artículo sobre el asesinato de su hija Elisabeth.[…] Elizabeth, como Klaus Zieschank, como las monjas francesas, como Dagmar la estudiante sueca y como tantos otros amigos alemanes, españoles, italianos y latinoamericanos volvieron a dar vida en mi país a la tradición humanística de los que nacieron para ayudar. Dar la mano a los débiles. Desesperar por el dolor de los otros. La utopía de la justa repartición de los bienes de la tierra. El prójimo. El semejante. El compañero. La palabra contra la cámara de gas, el balazo, el garrote, la tortura, el golpe avieso contra el indefenso.[…] Como argentinos nos avergonzamos de que sus brutales asesinos tengan nuestra nacionalidad. Allá, en mi patria, vive el general que ordenó el asesinato de Elisabeth. El general ha tratado una y otra vez de lavarse las manos y siempre queda el agua roja y cada vez que se lava nuevamente, más roja aparece el agua. El general tratará por los siglos de los siglos de lavarse las manos. Pero la historia encontrará un Brüghel o un Hieronymus Bosch que pintarán su cara grotesca, sus manos que día tras día se volverán cada vez más rojas. […] Pero tengo un orgullo, un orgullo angustiado, hecho de congoja, pero noble y generoso como una joven vid que crece en mi interior y me ayuda a envolver y a esconder esa vergüenza. Ese orgullo es poder hablar de nuestras mujeres que como Elizabeth fueron vejadas, torturadas y asesinadas por los mismos ideales. Y sé que el mejor homenaje para Elizabeth consiste en nombrar aquí a algunas de los centenares de esas mujeres argentinas, decir sus nombres y recordar así sus sonrisas, sus sueños de futuros luminosos (…):

Liliana Isabel, Blanca Haydeé, Alicia, Silvia Angélica, María Adelia, Maria de las Mercedes, Noemí, Raquel, María Victoria.


[…] Nuestras mujeres. No dejar la última palabra a verdugos ni militares.

Tübingen, cementerio de Lustanau, el 26 de mayo de 1981.De: EXILIO. Juan Gelman y Osvaldo Bayer. Buenos Aires, Legasa, 1984.


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